Sofía Gutiérrez Larios
Viernes 19 de Ago. de 16
Somos alegres y festivos ¡Que viva México! Sabemos encontrar regocijos en donde los otros encontrarían lágrimas. Pero en el fondo (muy en el fondo) también albergamos la tristeza y reconocemos las derrotas. Y hablando de derrotas: las Olimpiadas. No se trata de ser pesimistas, sino de plantar los pies en la tierra. El excesivo optimismo nos ciega y no permite que mejoremos. Es momento de huir de esa trampa y abrir los ojos a la realidad.
El desempeño de México en estas Olimpiadas es digno de análisis. Ya habíamos conseguido también sólo una medalla de bronce en Roma 1960, Tokio 1964 y Atlanta 1996. Sin embargo, este año es distinto, ya que como lo informó Carlos Padilla, el presidente de la COM, llevamos a Río la delegación de atletas más grande en la historia, lo que hace que la falta de victorias nos duela aún más. Porque hay que aceptarlo como se escucha: no es un “ya casi”, es de nuestras peores actuaciones. Y detrás de la risa que nos causan los “memes” y de las publicaciones del “Deforma”, esa derrota sí nos duele, y peor aún, nos decepciona y nuestro compromiso hacia México disminuye.
¿Pero qué significa este resultado? Además de todas las razones que pudieran darse, me centro sobre todo una: no estamos acostumbrados a la profesionalización. Se prepara a nuestros atletas para las Olimpiadas, o para las copas de la FIFA, pero no de manera permanente con la exigencia que se requiere, como sí lo hacen Estados Unidos, Gran Bretaña o China.
Tenemos metas a corto plazo, pero no vemos un horizonte más amplio, y es por ello que llegamos a ser muy buenos, pero no los mejores. Y nos conformamos con ello. Somos permanentes iniciadores, pero la falta de disciplina y constancia nos impide ser los profesionales que podemos. Y el deporte es sólo uno de tantos aspectos, como la educación, en donde se quiere que los maestros sean los mejores, pero no se les da la mejor preparación en las escuelas Normales, antes bien, se prefiere “profesionalizarlos” con un examen que los premie o los castigue. Pero es momento de ver no únicamente el fin, sino el proceso de la meta.
Es en el proceso donde se desarrolla el esfuerzo, responsabilidad y perseverancia. Es por ello que estas Olimpiadas son un llamado para que como mexicanos nos enfoquemos más en la preparación, y así nuestras victorias estarán aseguradas. Pero para ello hay que entender que la felicidad no está únicamente en la fiesta, en los convivios y en los chistes. La felicidad está también conseguir lo que nos apasiona, en hacernos profesionales: en saborear victorias después de mucho esfuerzo y para ello, la disciplina no es un ingrediente, sino la base, el techo y las paredes de ese victorioso hogar.
Que reine nuestro esfuerzo el día de hoy y así no tengamos que preocuparnos por el mañana. Es momento de no conformarnos y de decir: “Queremos más”. No sólo en las Olimpiadas, sino en todo, porque de esa manera querremos en nuestra vida personal una mejor salud, una mejor educación, una mejor economía, pero también en la vida pública un mejor gobierno, y el mejor gobierno se consigue exigiendo, conformándonos con lo que hace. Ganemos para nosotros, y así ganemos también para México. Que estas Olimpiadas no sean un chiste, sino una oportunidad y enseñanza.























